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  • TRES VERSÍCULOS PARA VENCER EL MIEDO SEGÚN LA PALABRA DE DIOS

En la vida solemos tener experiencias muy fuertes: una relación abusiva, la pérdida de un ser querido, un accidente… Algunas lo son tanto que nos paralizan emocionalmente y no sabemos qué decir, ni qué hacer y, muchas veces, ni siquiera sabemos qué sentir. Es tan fuerte que afecta nuestra relación con Dios, y nos preguntamos: ¿dónde está Dios en todo esto?

En su libro «La mujer del viajero en el tiempo», la escritora estadounidense, Audrey Niffenegger, describe la historia de Henry quien tiene una enfermedad genética que le hace viajar en el tiempo en momentos de estrés sin que él pueda controlar cuándo o adónde va. La primera vez que pasó, él era un niño y viajó solo unos segundos en el pasado para volver a ver a su madre morir en un accidente automovilístico. Él creció con el único deseo de retornar a ese preciso momento y decirse a sí mismo: «no tengas miedo».

A veces eso es lo único que necesitamos. No necesitamos saber los detalles de todo lo que va a pasar en el futuro, solo necesitamos escuchar esas palabras de aliento: «no tengas miedo». Eso es lo que Dios nos dice a través de su Palabra, una y otra vez. Te invito a escuchar con los oídos del corazón estos versículos:

    1. Isaías 41:10
      No tengas miedo, pues yo estoy contigo;
      no temas, pues yo soy tu Dios.
      Yo te doy fuerzas, yo te ayudo,
      yo te sostengo con mi mano victoriosa.
    2. Salmo 23:4
      Aunque pase por el más oscuro de los valles,
      no temeré peligro alguno,
      porque tú, Señor, estás conmigo;
      tu vara y tu bastón me inspiran confianza.
    3. Josué 1:9
      Yo soy quien te manda que tengas valor y firmeza. No tengas miedo ni te desanimes porque yo, tu Señor y Dios, estaré contigo dondequiera que vayas.

Te invito a leer la Palabra de Dios para que, a través de tu vida, sus palabras de aliento te sostengan y puedas así vivir sin temor y lleno de valentía.

¿Cómo has vencido, con la ayuda de Dios, tus miedos? Déjanos tu comentario


A veces nuestro ánimo decae y nos sentimos defraudados porque las cosas no van como habíamos imaginado. Hay tiempos difíciles en la vida de toda persona. En estos momentos  podemos caer en desánimos y desesperanzas. Para mí una causa ha sido, sobre todo, cuando dejé mi país de origen ya con cierta edad y me obligó a emprender un nuevo camino en otro país que no se parece en nada al que dejé atrás.

En momentos así estamos vulnerables. Es precisamente cuando el Maligno aprovecha para ganar ventaja sobre la Palabra de Dios, la cual es una fuente de apoyo en la vida de todo cristiano.

Entran las interrogantes que buscan desanimar nuestro espíritu: ¿Quién soy? ¿Qué tengo? ¿Qué me espera? Nuestra fe flaquea y Dios parece insuficiente ante nuestra incertidumbre. Nos envuelve el presagio de que hemos vivido para nada, porque a la edad en que ya vencimos parte de la adultez sentimos que este futuro que ya llegó no era lo que esperábamos en nuestra juventud.

¿Por qué sufres, hijo mío, si tienes la promesa eterna de mi Palabra?:

«Tu palabra, SEÑOR, es eterna, y está firme en los cielos. Tu fidelidad permanece para siempre; estableciste la tierra, y quedó firme».

— Salmo 119:89–90 (NVI)

Eso nos dice Dios en ese diálogo maravilloso que mantiene con nosotros. Pero no escuchamos su voz a la distancia porque nos sumergimos en el torbellino de las preocupaciones, las necesidades económicas y las carencias de toda índole, sin recordar que Dios mismo nos ha dicho que depositemos nuestra carga en él. Esta manera de pensar nos lleva a la pobreza espiritual que mengua la plenitud que Dios nos ofrece.

Así me he sentido en algunos momentos de mi vida. Mis problemas causaron una batalla en mi mente y mi espíritu que debilitó mi fe y casi extingue, al parecer, hasta el más leve rayo de luz. No comprendemos que hay formas de consolidar nuestra fe que nos anima a caminar en Cristo. Entonces es cuando debemos recordar que hay una fuente inapreciable de sabiduría, de poder, de amor y de bondad, que es la Palabra de Dios. En sus páginas encontramos consuelo, refugio, hasta respuestas, dándonos aliento y fuerza en los instantes de flaqueza.

Dios dice en 2 Corintios 1:4-5:

«El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así también por el mismo Cristo nuestra consolación» (RVR60).

Somos la vasija con que Dios moldea a fuerza de pruebas nuestro carácter y nos llena de fortaleza en él. Es de suma importancia que acudamos diariamente a la Palabra de Dios, a su lectura cotidiana, pues de dicha fuente emana como una luz la sabiduría y las respuestas a todo agobio. Es esencial que le pidamos todo aquello que requerimos, y que lo hagamos con fe:

«Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre».

— Mateo 7:7-8

Cuando nos enfocamos en la Palabra de Dios, no desviando nuestra atención en las cosas preocupantes, podremos enfrentarlas con la seguridad de que vamos a tener el apoyo incondicional de Dios. Es exactamente como lo dice Filipenses 4:13:

«A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece»


  • NO SE AFLIJAN POR NADA

Hace unas semanas atrás recibí un mensaje por texto de mí buen amigo. Él viajaba a su casa en tren y comenzó a experimentar un ataque de ansiedad. ¿Qué produjo la ansiedad? Tenía dolores del pecho y dificultades para respirar. Como puede imaginar, la ansiedad aumentó mientras él enfocaba en los síntomas que experimentaba. En su desesperación me pidió que orara por él. Le aseguré que estaba orando. En unos minutos me enviaba otro texto diciéndome cuan asustado estaba, que el dolor era el más intenso que jamás había experimentado. Yo estaba muy lejos de él; la única cosa que pude hacer era orar. Finalmente, mi amigo llegó a la estación y de allí su esposa lo llevó a la sala de emergencia. Algunas horas después él me agradeció por las oraciones a su favor.

En medio de esa crisis, una cosa que no pude decir a mi amigo fue, «¡No seas ansioso! ¡Estarás bien!» Como yo también he experimentado ansiedad en varias ocasiones, sé que no es algo del cual se puede tratar de convencerlo solo por palabras. He descubierto que la clave para salir de la ansiedad es la oración. Puede ser mi propia oración, pero muy a menudo en esos tiempos, es pedir la intercesión—oración de otra persona por mí—como pude hacer para mi amigo en aquel día.

La ansiedad y los pensamientos ansiosos provienen de una variedad de fuentes: el dolor, la agitación física, la incertidumbre, la pérdida del empleo, la pérdida de un ser querido, la pérdida de la esperanza, entre otras cosas. En estos tiempos es sabio buscar la ayuda de un profesional: un pastor, un sacerdote, un consejero, un médico, y si ellos no están disponibles, tal vez puede ser un amigo de confianza. También sabemos que el Señor Jesús está con nosotros en cada momento. Pero la verdad es que muchas veces en un tiempo de ansiedad, es difícil inhalar profundamente, exhalar profundamente y poner nuestra confianza completamente en él.

Esta mañana leí un pasaje escrito por el apóstol Pablo mientras se encontraba en una prisión romana—no era un lugar agradable—esperando la decisión del sistema judicial en cuanto a su futuro. Parece que Pablo nos puede comentar algo en cuanto a las situaciones que puedan producir la ansiedad. Este pasaje se encuentra en Filipenses 4:4, 6–8.

Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense!

No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús.

Por último, hermanos, piensen en todo lo verdadero…

Hay tres puntos importantes que tocan el tema de la ansiedad y nos dan claves para poder sobrellevar cuando la vida nos traen las situaciones que produzcan la ansiedad.

1.     «Alégrense siempre en el Señor». (v. 4)

¡Es más fácil decirlo que hacerlo! El Señor Jesús ha experimentado todo lo que experimentamos. La pasión de Cristo: su oración en Getsemaní, su arresto y el castigo que recibió y la crucifixión, da testimonio de que él entiende lo que estamos pasando. Su presencia y su consolación pueden alegrar a nuestro corazón.

2.     «No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración» (v. 6)

Tal vez no hay amigo presente o alguien con quien puedas comunicar, pidiendo su intercesión. Tal vez ni siquiera tienes las palabras propias para orar. Lo que me ayuda mucho es una oración que puedo decir en un momento difícil. Ignacio de Loyola fue un siervo de Cristo que vivió hace muchos años. Experimentó tiempos de ansiedad y he aquí su oración:

«Oh Cristo Jesús, cuando todo es oscuridad y sentimos nuestra debilidad e impotencia, danos el sentido de tu presencia, tu amor y tu fuerza. Ayúdanos a tener una confianza perfecta en tu amor protector y el fortalecimiento de tu poder, para que nada nos asuste o nos preocupe, porque, viviendo cerca de ti, veremos tu mano, tu propósito y tu voluntad a través de todas las cosas.»

3.     «Por último, hermanos, piensen en todo lo verdadero» (v. 8)

La ansiedad es un taller por el cual nuestro enemigo, el diablo, quiere entrar para hacer sus artimañas. Como él es padre de las mentiras y solo habla mentiras, tenemos que enfocarnos nuevamente en lo que es verdad. Por eso es tan importante leer y absorber la Palabra de Dios. Un versículo memorizado—¿por qué no comenzar con la memorización de este pasaje en Filipenses?—nos confortará y nos sostendrá en medio de la crisis.

¿Cómo has salido de una crisis de ansiedad en tu vida? Compártelo abajo para el provecho de los demás.


  • DAR GRACIAS CUANDO LAS COSAS ANDAN MAL

Hace un par de meses, de la noche a la mañana, mi vida cambió sorpresivamente cuando después de ser hospitalizada de emergencia, ante un cuadro clínico confuso, recibí el diagnóstico que tanto temía, pero que necesitaba escuchar. Tenía «Miastenia Gravis» (MG), una enfermedad neuromuscular que hace que el sistema inmune —que normalmente protege al cuerpo de organismos externos—, se ataque a sí mismo por error produciendo anticuerpos que dañan los receptores musculares que reciben las señales producidas por los nervios. Aunque con medicamento es controlable, el curso de la enfermedad es irregular y puede desembocar en una crisis miasténica que generalmente ocurre por insuficiencia respiratoria.

Mientras escribo estas líneas me encuentro en medio de una gran incertidumbre enfrentando esta nueva realidad. Porque si bien es cierto que esta enfermedad disminuye la fuerza física, también provoca una gran debilidad, ‘fragilidad’ emocional. Para una persona activa y productiva aceptar que su rendimiento laboral se puede ver disminuido considerablemente, que una carga excesiva de trabajo y/o estrés, o infecciones que disminuyan sus defensas puedan ser motivo para crearle una crisis miasténica no es nada alentador.

No hay duda que el dolor y la prueba distraen y dispersan nuestros pensamientos. Cuando «pasamos por el valle de la sombra y de muerte» nos resulta difícil percibir algún beneficio inmediato como resultado. Nos autoevaluamos tratando de ver si nos resignamos a la fatalidad o si nos hemos vuelto más fervorosos en la oración.

Charles Spurgeon decía que «en un verdadero creyente los problemas graves tienen el efecto de aflojar las raíces de su alma hacia la tierra y de apretar el firme anclaje de su corazón hacia el cielo». Dar gracias a Dios cuando todo está bien, es fácil, pero el hacerlo en medio de la tormenta es ejercer nuestra fe en acción, no en palabras. Es declarar, no importa cómo nos sintamos, reconociendo en lo más profundo de nuestra alma, que a los que aman a Dios, todas las cosas le ayudan a bien.

Porque… «Aunque la higuera no florezca,
ni en las vides haya frutos,
Aunque falte el producto del olivo,
Y los labrados no den mantenimiento,
Y las ovejas sean quitadas de la majada,
Y no haya vacas en los corrales;
Con todo, yo me alegraré en Jehová,
Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
El cual hace mis pies como de ciervas,
Y en mis alturas me hace andar».
(Habacuc 3.17-19)

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